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Soy inmigrante, ¿y qué?


Me permitiréis que en este post no hable de las aventuras y curiosidades que me ocurren por México. Hoy quiero escribir sobre el hecho de que soy inmigrante. Hace unos días un joven valenciano explicó, con rabia, que está teniendo dificultades para encontrar un trabajo relacionado con sus estudios y que ahora está en Londres trabajando de lo que puede. Sus comentarios tuvieron mucha repercusión en las redes sociales, hasta el punto de que fue entrevistado por diferentes medios de comunicación y, también, fue motivo de crítica por parte de ciertas personas.

Esas críticas, de manera indirecta, también me afectan. Fueron palabras muy fuertes para alguien que, simplemente, trata de trabajar en aquello en lo que se ha preparado durante unos años de estudios. Desde aquí, desde México, quiero defender a este chico porque yo me siento representado por él. Es cierto que tengo unos años más que él (tengo 37 años); es cierto que he tenido la oportunidad de trabajar en España en mi profesión, el periodismo; es cierto que ahora tengo un trabajo relacionado con lo mío (no del todo, pero casi). Pero, a pesar de todo, me he tenido que ir de mi tierra para poder trabajar en lo que me gusta, en lo que estudié, en lo que trabajé durante más de 10 años.

Nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a criticar a alguien que quiera buscar su sueño, que quiera trabajar en lo que ha estudiado, en lo que le gusta. Recuerdo que antes de decidir marcharme a más de11 horas de distancia, hubo gente que me comentó que por qué no buscaba un trabajo de lo que fuera mientras se solucionaba la situación. Mi contestación fue: "¿Por qué debo renunciar a mi profesión por la crisis? ¿Por qué no puedo luchar por seguir desarrollándome como periodista? ¿Por qué tengo que quedarme de brazos cruzados, trabajar de lo que sea, amargarme, deprimirme más de lo que estoy?"

Sí, soy inmigrante, ¿y qué? Sí, no quise trabajar de lo que fuera en España y decidí probar suerte en otro país para trabajar de lo que sé, de lo que me gusta. ¿Y qué? ¿Acaso una persona no es libre de buscar su felicidad, de buscar su sueño, de tener un objetivo y conseguirlo? No pasa nada si digo que soy inmigrante, porque lo soy. Y no lo digo en el mal sentido, sino todo lo contrario. Ser inmigrante me ha permitido desdramatizar muchas cosas, he podido conocer otra cultura, he vivido situaciones surrealistas que no olvidaré en mi vida, he notado la solidaridad de la gente que realmente te quiere, he podido comprobar la alegría de personas cuando me han vuelto a ver...Sí, soy un inmigrante porque vine a trabajar a otro país, porque vine a seguir con mi profesión, porque vine a buscar un sueño.

Este post va dedicado a todos los jóvenes y no tan jóvenes que han decidido ser valientes, que han preferido trabajar de lo que sea a estar en casa sin hacer nada, que han preferido buscar su sueño o que han querido seguir con su profesión en otro país porque España no les da esa oportunidad. Nosotros no somos los culpables y tampoco queremos que se nos criminalice por una decisión personal. Ánimo a todos porque el futuro es nuestro.

Cuando la gente me pregunta si quiero volver, esto es lo contesto: "Claro que quiero volver. Es mi mayor deseo. Daría lo que fuera por encontrar un trabajo en España y estar cerca de los míos". No puedo negar que en México he pasado momentos malos, momentos de soledad, de nostalgia, de no poder solucionar los trámites migratorios, de pensar, pensar y pensar. Pero sigo aquí porque mi máxima ilusión es trabajar como periodista y no quiero estar en mi casa de Valencia mirando a la pared, deprimido, que mi familia se preocupe, que mis amigos me consuelen. Sé que todo depende de mi situación personal, porque hay momentos en los que lo enviarías todo a la mierda, pero voy a seguir intentando estar bien, voy a seguir buscando lo que quiero hasta que no tenga más fuerzas. Espero y deseo poder estar pronto en mi tierra. Eso significaría que vuelvo a sentirme periodista en España.

Las peluquerías de Ciudad de México

Uno de los momentos más divertidos es cuando tengo que ir a la peluquería. Me siento como alguien importante porque así te lo hacen sentir. Desde que estoy en Ciudad de México he ido a 3 peluquerías diferentes y no sabría decir cuál de ellas ha sido la mejor en cuanto al trato. El procedimiento suele ser el siguiente: llegas y de repente se levantan dos o tres personas para atenderte; enseguida te ayudan a quitarte la cazadora y te preguntan si quieres algo para beber y te acompañan al lugar donde te van a cortar el pelo; te sientas, te dan la bebida y a empezar.

Lo más sorprendente de todo es que en dos de las tres peluquerías la persona que se encargó de cortarme el cabello nunca habían trabajado como peluqueros sino que ahora lo hacían porque era un trabajo que encontraron. Lo malo es que siempre me lo dijeron cuando ya llevaban medio trabajo hecho. Eso sí, todos coinciden en cortártelo de manera más lenta, más pausada que cuando estaba en Valencia. Al final te enseñan el corte por detrás y si estás contento ya terminaste.

Normalmente todos suelen ser simpáticos, así como también los camareros. Pero siempre existen excepciones. El otro día, en el restaurante que está en la Torre Latinoamericana (fue el edificio más alto de México hasta hace unos años), llevé a mi padre y mi hermana para que vieran las vistas de la ciudad desde allí. Vino un camarero y le pedimos tres refrescos. El chico vino, nos las dejó y ya no volvimos a saber nada de él hasta que pedimos la cuenta. Puesto que en México es habitual dar propina, también puedes tener la libertad de no darla si crees que no te han tratado bien. En este caso pensé que el chico no había hecho nada extraordinario para que le diese la propina y no se la di. Inmediatamente vino detrás de mí y me dijo lo siguiente: "Usted no ha dejado propina y debe hacerlo". Mi contestación fue: "Bueno, creo que el servicio que has dado no ha sido extraordinario y he decidido no darte propina". El chico se enfadó y me recriminó que no había hecho nada malo. Al final le di la propina.

Reconozco que son situaciones incómodas porque nunca sé cómo actuar y porque me sigue costando aceptar que debo dar propina. Pero hay veces que no se la merecen. Sin embargo, en la gran mayoría de ocasiones, los camareros se exceden (para mi gusto) en el trato, así como también los taxistas cuando subes y empiezas a hablar con ellos. Lo curioso es que cuando llegas a tu destino y les pagas, te despiden rápidamente como si la conversación anterior no hubiese existido.

Esta semana tuve que viajar a Monterrey por cuestiones de trabajo. Era un día y no pude ver mucho de la ciudad, pero la conclusión que saqué fue: calor y feo. Se trataba de un calor sofocante, como si tuvieras una estufa cerca de tu cara en todo momento. Y las partes de la ciudad que pude ver no me dijeron nada: todo muy industrial y algo sucio. Pero me sirvió para sentirme de nuevo periodista puesto que entrevisté a un futbolista profesional mexicano. Esos momentos son los mejores y creo que se me nota cuando lo estoy realizando porque incluso cuando estoy preguntado al entrevistado, noto que levanto más la voz y lo vivo como si fuera mi primera entrevista.

Por lo demás, desde que cambiaron la hora en México, noto que respiro mejor cuando corro. Ya puedo hacer entrenamientos a un ritmo más alegre y no se me carga tanto el pecho. Ahora puedo disfrutar más a pesar de que mi lugar de entrenamiento es una calle que se llama Ámsterdam y que era un antiguo Hipódromo. Es una vuelta de 2 km. La sensación que tengo es la de que soy el pesado de turno que ya ha pasado 3 ó 4 veces mientras alguien está en una terraza tomándose una cerveza. Para mí, lo importante es que las piernas las noto sueltas, ligeras y mi respiración va mejor. Seguiremos informando.