Lo hice. Llevaba días que pasaba por delante y tenía la tentación de entrar, pero no me atrevía. Hasta que ayer lo logré. Es una iglesia pequeña, bonita por fuera y se encuentra en un parque. Siempre había visto que entra y sale gente a la hora que sea. Tuve la curiosidad de hacerlo yo también. Por dentro era sencilla, nada presuntuosa ni cargada. Habían 3 personas más rezando y me senté en el último banco. A los dos minutos decidí pedir un deseo. Espero que se cumpla.
Y es que pedir deseos es algo normal cuando eres emigrante. Deseas que tu experiencia te salga bien, deseas acoplarte a tu nuevo país lo más rápido posible, deseas que la comida te siente bien, deseas encontrar amigos nuevos, deseas encontrar aquello que has estado buscando durante mucho tiempo, deseas comenzar de cero una nueva vida con ilusión y con ganas.
Las mismas ganas que me llevaron un 6 de septiembre de 2012 a venir a México, las mismas ganas que tengo en la actualidad por desarrollarme profesionalmente y por conseguir mis objetivos. Esas ganas no han desaparecido y ahora menos tras conocerla, tras compartir con ella un proyecto de vida y tener unos objetivos comunes. Cuando uno está enamorado, hace todo lo que está en su mano por conseguir lo que quiere con esa persona. Y con ella, con Areli, lo quiero todo.
También quiero entender por qué un mexicano está tan unido a la familia o por qué aprovechan cualquier momento para celebrar cosas. Es muy bonito que así sea porque, al fin y al cabo, uno busca la felicidad permanente. Reunirse con la familia o celebrar cosas con los tuyos es lo mejor que te puede ocurrir.
Sin embargo, creo que nunca me acostumbraré a la policía o, mejor dicho, al momento en el que una patrulla te para. Normalmente, aunque no tengas papeles ni nada, puedes solucionar el tema dando dinero al agente. Aunque también te puede ocurrir que le caigas bien, que se dé cuenta que no eres mexicano, que te pregunte qué haces en el país, a qué te dedicas y que al final te diga: "muy mal la selección española, verdad?" y te deje ir sin necesidad de que le des nada.
Es difícil entender algunas cosas, pero siempre te dicen lo mismo: "así somos en México". Lo importante es dejarse llevar por los acontecimientos, dejarse llevar por todo, tener paciencia y pensar que todo es posible, que todo puede ocurrir. Seguiremos informando.
Blog personal en el que hablo de mi experiencia como emigrante en México y como responsable de Marketing Digital.
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Pedir deseos en México
Etiquetas:
amor,
Ciudad de México,
crisis,
deseo,
DF,
emigración,
emigrante,
emigrar,
España,
fútbol,
iglesia,
México,
policía,
religión,
selección española
¿Por qué corro?
Para mí correr es fundamental. Desde que dejé de jugar a fútbol es el único deporte que practico. Empecé a hacerlo porque necesitaba suplir el hueco que había dejado con algo y pensé: "bueno, lo más fácil y barato es correr". Es cierto que había corrido muchísimo mientras jugué a fútbol, pero de lo que se trataba ahora era de hacerlo por placer, sin tener la necesidad de ir porque "tienes que ir".
Estoy hablando de finales de los años 90 y principios del 2000. Recuerdo el primer día que me puse las zapatillas. Estaba en Valencia y me iba en dirección al antiguo cauce del Río Turia. La cara de sorpresa de la gente que me veía trotar por las calles era muy divertida. No era normal que alguien corriese por ahí, al menos no era tan habitual. Ese día, recuerdo, acabé muerto, con agujetas. No era lo mismo correr que jugar.
Sin embargo, después de ducharme tuve una sensación de felicidad, de alegría, de sentirme bien, de haber utilizado ese tiempo para olvidarme de todo. Fue el inicio de una rutina que el mismo cuerpo me pedía. Era como una droga. Al principio no tenía más intención que correr para estar en forma. Nada más. Ni se me pasó por la cabeza pensar en maratones, medias maratones o carreras. Pero el día que mis amigos me dijeron de participar en una carrera de 10 Kms, ese día empezó todo.
El ambiente, la alegría de la gente, los nervios hicieron que desde ese día participe en carreras siempre que puedo. De los 10 kms pasé a los 15 kms, de ahí al medio maratón y, finalmente, al maratón. En todas mis participaciones he disfrutado como un niño pequeño, nunca me auto exigido ni me he enfadado porque a lo mejor un día me siente peor.
Ahora me vienen a la memoria las primeras carreras. No éramos demasiados, nos llamaban locos, pero ahí estábamos. Mi primera participación en un maratón fue en el 2003. Fue el de Valencia y corrimos o llegamos a la meta 2.000. Hoy en día el número de gente que corre es muy grande y yo me alegro. Me alegro que correr se haya convertido en una forma de vida porque, al fin y al cabo, es una forma de vida.
Ahora estoy en México y sigo corriendo. Lo curioso es que siempre me ha gustado correr solo, con mi música. Siempre intento correr sobre llano y recto. Soy así de raro. Desde hace un tiempo, desde que me dijo que quería correr, siento la necesidad de correr con ella. Es la primera vez que me ocurre, que quiero correr con alguien al lado. El día que ella me dijo que quería correr conmigo, me produjo una alegría indescriptible. Y ahora solo quiero correr con ella. Sé que cuando corremos juntos está preocupada porque cree que no voy a mi ritmo y que no hago el entrenamiento que quisiera. Lo que ella no sabe es la felicidad que tengo de compartir ese momento con ella, de correr a su lado, de girarme y verla correr, de girarme y verla tan guapa como siempre, de hacer 35, 40 o los minutos que sean, pararnos, que me mire, darle un abrazo, besarla y decirle que es la mejor, que es mi campeona, que es mi ídolo. Efectivamente, ahora solo quiero correr con ella, con Areli, con mi pareja. T'estime, xiqueta.
Correr, correr y correr, con destino o sin destino, pero correr. Corriendo me siento feliz. ¿Por qué será? Los corredores me entienden. Seguiremos informando.
Caminar a las 7 de la mañana da mucho juego en el DF
Me siento a escribir y lo primero que me viene a la mente es la imagen de un señor vestido para hacer deporte y apoyado de pie en la puerta de una iglesia. La puerta está cerrada y el protagonista está con los brazos abiertos y rezando. Son las 7 de la mañana y paso caminando para irme al trabajo. Esa imagen me acompañó durante todo el día.
Y es que mi día a día se compone de imágenes. Imágenes que pasan desapercibidas y no las recuerdo, e imágenes que me quedarán grabadas para siempre. Como la del mercadillo que se instala los viernes en un parque cercano a mi casa. Es muy temprano, camino con mucho sueño, pero cuando llego a ellos y veo la vitalidad y las ganas con las que montan su puesto, me despejo y trato de llegar al trabajo totalmente despierto. O la imagen de una señora mayor, de más de 60 años, que corre al menos dos o tres días por semana por el mismo parque. Va lenta, a su ritmo, concentrada, pero feliz. Así es como concibo el deporte.
Es cierto, soy un privilegiado. Lo soy porque puedo ir al trabajo caminando. En una ciudad de más de 20 millones de habitantes es un lujo no tener que utilizar ningún medio de transporte para ir a trabajar. Además, mientras caminas te encuentras con historias muy curiosas, como la de pasar a la misma hora y encontrarte a dos chicos jóvenes en el mismo portal esperando que vengan a por ellos para ir a trabajar, o que puedas pasar por una avenida importante porque está cortada antes de las 7 de la mañana. Todos los días paso por delante del agente policial pero nunca le pregunto por qué esa avenida está cortada. Mañana lo haré y saldré de dudas.
También es un privilegio poder conocer a un valenciano como yo que encima trabaja a 3 minutos de donde estoy. Y para mí, poder hablar en valenciano en algún momento determinado (es mi lengua materna) es increíble, es algo que necesito. Es la forma de poder "cagarme" en lo que quiera, de hablar como lo he hecho siempre en mi pueblo, de expresarme con palabras y frases que siempre he utilizado.
Sin embargo, el mayor privilegio es poder llegar a casa y que te esperen con una sonrisa, que te demuestren lo que sienten por ti, que te abracen y que te digan "te amo". Es un momento que no lo cambio por nada, es un momento de respiración profunda, de estar tranquilo, en paz, de dejarte llevar y de dar gracias por haberla conocido. Sí, es ella, es mi pareja.
Seguiremos informando, entre otras cosas, que participaré en el Maratón de Ciudad de México a finales de agosto. Eso de correr 42 kms a más de 2.000 metros de distancia es un auténtico reto para mí. Mientras tanto, continuaré corriendo entre los coches del DF.
Y es que mi día a día se compone de imágenes. Imágenes que pasan desapercibidas y no las recuerdo, e imágenes que me quedarán grabadas para siempre. Como la del mercadillo que se instala los viernes en un parque cercano a mi casa. Es muy temprano, camino con mucho sueño, pero cuando llego a ellos y veo la vitalidad y las ganas con las que montan su puesto, me despejo y trato de llegar al trabajo totalmente despierto. O la imagen de una señora mayor, de más de 60 años, que corre al menos dos o tres días por semana por el mismo parque. Va lenta, a su ritmo, concentrada, pero feliz. Así es como concibo el deporte.
Es cierto, soy un privilegiado. Lo soy porque puedo ir al trabajo caminando. En una ciudad de más de 20 millones de habitantes es un lujo no tener que utilizar ningún medio de transporte para ir a trabajar. Además, mientras caminas te encuentras con historias muy curiosas, como la de pasar a la misma hora y encontrarte a dos chicos jóvenes en el mismo portal esperando que vengan a por ellos para ir a trabajar, o que puedas pasar por una avenida importante porque está cortada antes de las 7 de la mañana. Todos los días paso por delante del agente policial pero nunca le pregunto por qué esa avenida está cortada. Mañana lo haré y saldré de dudas.
También es un privilegio poder conocer a un valenciano como yo que encima trabaja a 3 minutos de donde estoy. Y para mí, poder hablar en valenciano en algún momento determinado (es mi lengua materna) es increíble, es algo que necesito. Es la forma de poder "cagarme" en lo que quiera, de hablar como lo he hecho siempre en mi pueblo, de expresarme con palabras y frases que siempre he utilizado.
Sin embargo, el mayor privilegio es poder llegar a casa y que te esperen con una sonrisa, que te demuestren lo que sienten por ti, que te abracen y que te digan "te amo". Es un momento que no lo cambio por nada, es un momento de respiración profunda, de estar tranquilo, en paz, de dejarte llevar y de dar gracias por haberla conocido. Sí, es ella, es mi pareja.
Seguiremos informando, entre otras cosas, que participaré en el Maratón de Ciudad de México a finales de agosto. Eso de correr 42 kms a más de 2.000 metros de distancia es un auténtico reto para mí. Mientras tanto, continuaré corriendo entre los coches del DF.
Etiquetas:
amor,
Ciudad de México,
correr,
crisis,
DF,
emigración,
emigrante,
emigrar,
España,
Españoles en México,
iglesia,
maratón,
México,
pareja,
Valencia,
valenciano
Mi adaptación a México va por buen camino.
Es cierta la siguiente frase: "a donde fueres, haz lo que vieres". Cuando emigramos, muchas veces nos pensamos que son los demás los que se tienen que adaptar a ti y no tú al país donde pretendes reiniciar tu vida. De manera inconsciente a mí también me ha ocurrido, sin darme cuenta que el que soy de fuera soy YO. No solo lo digo en cuestiones de trabajo, sino también en las relaciones personales. Tú y solo tú tienes que ser capaz de comprender el estilo de vida, el carácter de la gente, la forma de ver y entender las cosas de los habitantes de tu nuevo país. Si lo consigues, estarás relajado y serás feliz.
Y yo soy feliz. Lo soy porque mi adaptación a México cada vez está más asentada y porque empiezo a tener claras muchas cosas. Y no negaré que me ha costado, pero al fin sé lo que tengo que hacer. Sería de un error inconmensurable si yo criticara un país que me lo ha dado y me lo está dando todo. Tengo trabajo, cosa que en España no lo puedo tener, la gente me ha tratado de forma muy calurosa y, lo más importante, he encontrado a la mujer de mi vida.
Sí, es la mujer de mi vida. Lo es por todo, porque es paciente conmigo, porque entiende mi situación de emigrante, porque disfruto a su lado, porque me hace reír, porque me cuida y porque me ha demostrado y me demuestra día a día que me ama. Ella ha conseguido que entienda la cultura mexicana, que entienda ciertas cosas que no tenía en cuenta, que empiece a entender que México es mi país de adopción. Amor para toda la vida, Areli.
Y es que sea rico o pobre, el mexicano suele estar contento y feliz. Es increíble cómo te reciben en su casa, cómo festejan las cosas. El otro día, por ejemplo, celebré la Candelaria en casa de unos familiares de mi pareja y me sentí abrumado por el caso, por la atención que me prestaron. Lo que más me gustó fue cuando me preguntaban cosas relacionadas con Valencia, con España, y, sobre todo, les encantó que comiera tamales y que me contagiara de su felicidad.
Dicen que la felicidad es un estado de ánimo. Definitavamente lo es. El mes que estuve en mi pueblo, Ondara, escuchaba quejas y más quejas. Todo el mundo tiene derecho a quejarse, por supuesto, pero acabé saturado entre la crisis, entre las tertulias de televisión y las quejas por todo. En México nunca oigo que alguien se queje. Y me da lo mismo si siempre ha sido un país que ha estado en crisis. Para mí tiene mucho mérito que una persona que cobre 3.000 pesos al mes (unos 180 euros), siempre tenga una sonrisa en la cara, o que solo tenga 6 días de vacaciones al año y no se queje. Creo, sinceramente, que si tratas de ver las cosas con una sonrisa disfrutas más de la vida. En este sentido envidio muchísimo a los mexicanos.
También envidio ver a un mexicano comerse un taco con toda la pasión del mundo, que asuma que no tiene muchos recursos y que valore todo, absolutamente todo. En este sentido, y ya lo he dicho en algunos otros posts, mi condición de emigrante solo me ha traído riqueza. Riqueza personal y profesional.
Por cierto, sigo entrenando en plan kamikaze por las calles del DF. Soy como un coche más, como un medio de transporte más. La gente me sigue mirando con cara rara. Seguro que piensan que por qué no corro en un parque o en una zona con menos coches. Yo tampoco lo sé, solo sé que corro por las calles y me siento libre. Seguiremos informando.
Y yo soy feliz. Lo soy porque mi adaptación a México cada vez está más asentada y porque empiezo a tener claras muchas cosas. Y no negaré que me ha costado, pero al fin sé lo que tengo que hacer. Sería de un error inconmensurable si yo criticara un país que me lo ha dado y me lo está dando todo. Tengo trabajo, cosa que en España no lo puedo tener, la gente me ha tratado de forma muy calurosa y, lo más importante, he encontrado a la mujer de mi vida.
Sí, es la mujer de mi vida. Lo es por todo, porque es paciente conmigo, porque entiende mi situación de emigrante, porque disfruto a su lado, porque me hace reír, porque me cuida y porque me ha demostrado y me demuestra día a día que me ama. Ella ha conseguido que entienda la cultura mexicana, que entienda ciertas cosas que no tenía en cuenta, que empiece a entender que México es mi país de adopción. Amor para toda la vida, Areli.
Y es que sea rico o pobre, el mexicano suele estar contento y feliz. Es increíble cómo te reciben en su casa, cómo festejan las cosas. El otro día, por ejemplo, celebré la Candelaria en casa de unos familiares de mi pareja y me sentí abrumado por el caso, por la atención que me prestaron. Lo que más me gustó fue cuando me preguntaban cosas relacionadas con Valencia, con España, y, sobre todo, les encantó que comiera tamales y que me contagiara de su felicidad.
Dicen que la felicidad es un estado de ánimo. Definitavamente lo es. El mes que estuve en mi pueblo, Ondara, escuchaba quejas y más quejas. Todo el mundo tiene derecho a quejarse, por supuesto, pero acabé saturado entre la crisis, entre las tertulias de televisión y las quejas por todo. En México nunca oigo que alguien se queje. Y me da lo mismo si siempre ha sido un país que ha estado en crisis. Para mí tiene mucho mérito que una persona que cobre 3.000 pesos al mes (unos 180 euros), siempre tenga una sonrisa en la cara, o que solo tenga 6 días de vacaciones al año y no se queje. Creo, sinceramente, que si tratas de ver las cosas con una sonrisa disfrutas más de la vida. En este sentido envidio muchísimo a los mexicanos.
También envidio ver a un mexicano comerse un taco con toda la pasión del mundo, que asuma que no tiene muchos recursos y que valore todo, absolutamente todo. En este sentido, y ya lo he dicho en algunos otros posts, mi condición de emigrante solo me ha traído riqueza. Riqueza personal y profesional.
Por cierto, sigo entrenando en plan kamikaze por las calles del DF. Soy como un coche más, como un medio de transporte más. La gente me sigue mirando con cara rara. Seguro que piensan que por qué no corro en un parque o en una zona con menos coches. Yo tampoco lo sé, solo sé que corro por las calles y me siento libre. Seguiremos informando.
Etiquetas:
adaptación,
adaptarse.,
amor,
Candelaria,
Ciudad de México,
corredor,
correr,
crisis,
DF,
emigración,
emigrante,
enamorado,
España,
felicidad,
feliz,
maratón,
México,
Valencia
En México he aprendido a decir gracias por todo
La imagen que me viene a la mente ahora mismo es la de una señora de más de 80 años. Vende en la calle y me mira al pasar. Tiene un cigarro en la boca y sonríe. Cuando me distancio pienso y digo: "Esta mujer habrá pasado por todo, pero ahí está sonriendo con su cigarro tratando de buscarse la vida".
Y es que una de las cosas que me gusta de México es que la gente ha tenido que buscarse siempre la vida y ha hecho lo que sea por seguir adelante. Seguro que también es el caso de la señora que trabaja en la lavandería. Hoy fui a dejar mi ropa a un local nuevo. Es una señora mayor, también con una sonrisa a pesar de que hace más horas que un reloj. Lo curioso ha sido que al apuntar mi nombre en la nota me ha escrito el nombre bien, sin Y al final. He estado a punto de abrazarla.
De la misma manera, estuve a punto de abrazar el otro día a una señora en el metro. Resulta que cada billete vale 5 pesos (si un euro son unos 17 pesos, podéis hacer números y ver qué barato es el transporte público en el DF), pero la taquilla tenía una cola kilométrica. Decidí dar 5 pesos a la primera persona que pasara con una tarjeta recargable. La afortunada fue una señora que iba cargada con un millón de bolsas. Le dije lo siguiente: "perdone, ¿le puedo dar 5 pesos y me deja pasar con su tarjeta? Su respuesta fue la siguiente: "claro, pero no hace falta que me dé los 5 pesos".
Los días pasan muy rápidos. Ya han pasado 7 meses desde que llegué a México en mi segunda etapa. Estamos en abril y hace bastante calor, aunque siempre he dicho que el clima del DF no es extemo ni por un lado ni por otro. Durante los meses de invierno no me he puesto ni un solo día la cazadora más gruesa. Y ahora, con calor, se puede soportar sin ningún problema, aunque si le preguntas a un mexicano, te dirá que sí que hace frío o sí que hace mucho calor.
Y es que ya me he acostumbrado a decir gracias por todo, incluso cuando no es necesario. Digo muchas veces "gracias" y también "perdón". La cultura mexicana es de decirlo siempre. Por ejemplo, hace un rato he ido al supermercado y para cualquier cosa siempre digo "gracias". En España era impensable.
Sin embargo, gracias a ella camino por la calle con una sonrisa en la cara. Gracias a ella he vuelto a soñar. Gracias a ella mi vida es maravillosa. Un solo gesto suyo ya es suficiente para que mi día sea bueno. Areli, t'estime. Seguiremos informando.
Y es que una de las cosas que me gusta de México es que la gente ha tenido que buscarse siempre la vida y ha hecho lo que sea por seguir adelante. Seguro que también es el caso de la señora que trabaja en la lavandería. Hoy fui a dejar mi ropa a un local nuevo. Es una señora mayor, también con una sonrisa a pesar de que hace más horas que un reloj. Lo curioso ha sido que al apuntar mi nombre en la nota me ha escrito el nombre bien, sin Y al final. He estado a punto de abrazarla.
De la misma manera, estuve a punto de abrazar el otro día a una señora en el metro. Resulta que cada billete vale 5 pesos (si un euro son unos 17 pesos, podéis hacer números y ver qué barato es el transporte público en el DF), pero la taquilla tenía una cola kilométrica. Decidí dar 5 pesos a la primera persona que pasara con una tarjeta recargable. La afortunada fue una señora que iba cargada con un millón de bolsas. Le dije lo siguiente: "perdone, ¿le puedo dar 5 pesos y me deja pasar con su tarjeta? Su respuesta fue la siguiente: "claro, pero no hace falta que me dé los 5 pesos".
Los días pasan muy rápidos. Ya han pasado 7 meses desde que llegué a México en mi segunda etapa. Estamos en abril y hace bastante calor, aunque siempre he dicho que el clima del DF no es extemo ni por un lado ni por otro. Durante los meses de invierno no me he puesto ni un solo día la cazadora más gruesa. Y ahora, con calor, se puede soportar sin ningún problema, aunque si le preguntas a un mexicano, te dirá que sí que hace frío o sí que hace mucho calor.
Y es que ya me he acostumbrado a decir gracias por todo, incluso cuando no es necesario. Digo muchas veces "gracias" y también "perdón". La cultura mexicana es de decirlo siempre. Por ejemplo, hace un rato he ido al supermercado y para cualquier cosa siempre digo "gracias". En España era impensable.
Sin embargo, gracias a ella camino por la calle con una sonrisa en la cara. Gracias a ella he vuelto a soñar. Gracias a ella mi vida es maravillosa. Un solo gesto suyo ya es suficiente para que mi día sea bueno. Areli, t'estime. Seguiremos informando.
Sobre los horarios de comida y otras cosas de la Ciudad de México
Si un mexicano o mexicana te dice a las 5 de la tarde de un día cualquiera que todavía no ha comido, es posible que sea cierto. Y es que llevo más de un año en México y todavía me sigo sorprendiendo de los horarios de comida. Puede ocurrir que un sábado desayunes a las 12 de la mañana y comas a las 6 de la tarde y no pasa nada.
Tampoco ocurre nada si vas conduciendo y tienes que incorporarte a una avenida importante y no haces stop porque, si lo haces, es muy probable que estés horas y horas para poder acceder a ella. Lo más curioso de conducir es cuando vas por una avenida donde no están marcados los carriles. En ese momento no sé si reír o llorar.
Hace ya un tiempo que no me asomaba por aquí para contar mis historias. Siempre he tratado de desdramatizar lo que me pasa, de dar a conocer lo que es México desde otra perspectiva. Y no cabe duda que cuando estás en un coche por las calles del DF, lo ves todo de otra manera. No es lo mismo estar de pie en un vagón de metro que estar pendiente de ti y de los demás cuando estás con el volante en la mano. Como curiosidad diré que cuando quieres aparcar, no tienes que poner el interminente derecho o izquierdo (según donde vayas a estacionar) sino los 4 intermitentes. Cuando lo supe, entendí porque antes me pitaban.
Y ya que hablo de pitar, a la gente de la Ciudad de México le gusta, en general, tocar el cláxon. Como ejemplo diré que cuando estás parado con el semáforo en rojo, tienes que tener presente que en el momento en que se ponga en verde, milésimas después de que esté en el color de seguir, alguien te va a pitar. Yo no sé si es una costumbre o es que siempre tienen prisa. Un día lo preguntaré.
Lo que sí sé es que en México me han ocurrido cosas increíbles. La que más es, sin duda, haber conocido a una persona especial, a la más importante. Ella me ha devuelto la alegría y con ella he pasado y estoy pasando los mejores momentos de mi vida. Gracias, Areli. T'estime! Seguiremos informando.
Tampoco ocurre nada si vas conduciendo y tienes que incorporarte a una avenida importante y no haces stop porque, si lo haces, es muy probable que estés horas y horas para poder acceder a ella. Lo más curioso de conducir es cuando vas por una avenida donde no están marcados los carriles. En ese momento no sé si reír o llorar.
Hace ya un tiempo que no me asomaba por aquí para contar mis historias. Siempre he tratado de desdramatizar lo que me pasa, de dar a conocer lo que es México desde otra perspectiva. Y no cabe duda que cuando estás en un coche por las calles del DF, lo ves todo de otra manera. No es lo mismo estar de pie en un vagón de metro que estar pendiente de ti y de los demás cuando estás con el volante en la mano. Como curiosidad diré que cuando quieres aparcar, no tienes que poner el interminente derecho o izquierdo (según donde vayas a estacionar) sino los 4 intermitentes. Cuando lo supe, entendí porque antes me pitaban.
Y ya que hablo de pitar, a la gente de la Ciudad de México le gusta, en general, tocar el cláxon. Como ejemplo diré que cuando estás parado con el semáforo en rojo, tienes que tener presente que en el momento en que se ponga en verde, milésimas después de que esté en el color de seguir, alguien te va a pitar. Yo no sé si es una costumbre o es que siempre tienen prisa. Un día lo preguntaré.
Lo que sí sé es que en México me han ocurrido cosas increíbles. La que más es, sin duda, haber conocido a una persona especial, a la más importante. Ella me ha devuelto la alegría y con ella he pasado y estoy pasando los mejores momentos de mi vida. Gracias, Areli. T'estime! Seguiremos informando.
Etiquetas:
amor,
Ciudad de México,
coches,
comer,
crisis,
DF,
emigración,
España,
mexicana,
mexicano,
México
Suscribirse a:
Entradas (Atom)